Capítulo 4. Segundo año y el descubrimiento del cante como metodología de estudio.
Las sesiones para mi desarrollo personal se sucedían una tras otra y el cambio que estaban produciendo en mi persona era cada vez más acentuado y significativo, había firmado la paz perpetua con mi yo del pasado y los errores cometidos, me hablaba cada día mejor a mí mismo e incluso me enfadaba con menor frecuencia y también había dimitido de ser juez de nada ni de nadie por lo que la relación con mis padres, hermanos y amigos mejoraba gracias a que me sentía mejor y no necesitaba enfadarme ni discutir ni tampoco llevar la razón porque comenzaba a estar en paz conmigo mismo y sobre todo con mi pasado. A medida que el cambio se iba operando en mi persona, las sesiones se iban enfocando hacia el objetivo de la oposición, ahora era el momento de probar una nueva metodología de estudio porque lo de hacer esquemas no me había dado para aprobar la plaza y fue cuando apareció en escena la técnica del cante de temas. Es algo fácil de explicar aunque requiere mucho más esfuerzo, tiempo y energía que hacer esquemas o cualquier otra técnica de estudio. Se trata simple y llanamente de repetir en voz alta el contenido del tema sin mirar el papel, repetir tantas veces el tema hasta que seamos capaces de recitarlo sin mirarlo. Artículo a artículo y párrafo a párrafo citar el contenido en voz alta sin mirar el soporte donde está impreso el tema. Esta técnica supuso una auténtica revolución en mis ánimos y sobre todo en mi motivación, para cantar el tema me iba al parque con lo que salía de la opresiva atmósfera del “opozulo” ya que necesitaba andar a la vez que memorizaba el tema. Me bajaba al parque con el tema, agua y nueces para la memoria y el sol en la cara me daba la vida, escuchaba a los pájaros trinar su melodía en los árboles, veía colores en las plantas mientras daba vueltas en círculo al parque mientras hablaba en voz alta. Al principio las personas me miraban con extrañeza porque no es algo común ver a una persona hablando en voz alta y gesticulando con las manos, además de gritar de alegría y euforia cuando comprobaba que lo que acababa de recitar era exactamente el contenido que debía memorizar con lo que imagino que algunos pensarían al verme que me había escapado del algún centro para personas con problemas mentales.
Los días se extinguían cada veinticuatro horas y las semanas se acumulaban en la tumba de los tiempos, ahora sí que estudiaba de lunes a viernes unas ocho diarias de forma productiva y eficiente ya que a las seis horas cantando los temas le añadía dos horas haciendo exámenes de anteriores convocatorias y los temidos supuestos prácticos que eran los que daban las plazas. La mañana se pasaba caminando en círculos rodeando el parque y con cada tema cambiaba el sentido de la marcha, aprovechaba para descansar cuando aparecía el abuelo con su andador que venía de desayunar y de hacer la compra e intercambiaba unos minutos de conversación sobre lo que había desayunado y comprado en el mercado. A media mañana aparecía Antonio, un comisario de policía jubilado que paseaba a su perro y tomaba el sol en el parque a la vez que me daba ánimos para continuar con la tarea de cantar los temas. Sobre las 13 horas aparecían las dos hermanas septuagenarias viudas que practicaban ejercicios físicos y que me contaban sus respectivas vidas mientras que yo aprovechaba para desconectar e hidratarme. Los martes y jueves un grupo de personas practicaba Taichi mientras que yo caminaba cantando los temas. A eso de las 16:30 horas llegaban los jubilados aficionados al juego de la petanca para disputar sus partidas vespertinas, al cabo de una hora comenzaban a llegar los niños que salían del colegio para jugar en el parque y el ruido aumentaba por lo que era el momento de regresar al “opozulo” para realizar test y supuestos prácticos.
El examen del segundo año llegó y lo hice bastante mejor que el del año anterior, salí del aula bastante contento y optimista porque mi confianza había aumentado por lo que respondí a todas las preguntas sin dejarme ninguna en blanco en el ejercicio de supuestos prácticos. Me quedé a tan sólo dos puntos de lograr la anhelada plaza, si hubiera respondido una sola pregunta más de forma correcta o hubiera dejado tres preguntas en blanco la plaza era mía, pero de nuevo el batacazo fue enorme, aunque mis sensaciones eran distintas en relación al primer año. Mi dominio del temario había aumentado de forma considerable, ahora era consciente de la dificultad y el nivel de exigencia que requería aprobar la plaza y además había muchos competidores que habían aprobado y por lo tanto no se presentarían a las del año siguiente. Ahora tenía mentalidad de guerrero, ahora me sentía fuerte física y mentalmente y estaba decidido a continuar estudiando porque me había quedado demasiado cerca como para abandonar y morir ahogado en la orilla después de haber nadado tanto. Tenía muy claro que lo iba a lograr tarde o temprano porque mi determinación era muy fuerte y mi estado de ánimo y motivación eran inquebrantables, me sentía pletórico a pesar de no haber aprobado y ahora sentía que era algo personal entre la oposición y mi persona. Estaba dispuesto a redoblar mi apuesta porque sabía que iba a ser ganadora.
Esta vez no hubo lágrimas ni reproches, tampoco practiqué el autosabotaje ni me lamí las heridas ni tampoco busqué chivos expiatorios, afronté mi suspenso con dignidad y serenidad sabiendo que estaba en el buen camino y que nada ni nadie iba a interponerse entre mi plaza de funcionario y yo. El cambio que se había operado en mi persona me ayudó mucho a sobrellevar la situación, volvía a tener ganas de tener ganas y estaba dispuesto a estudiar otro año más arrancándole hojas al calendario porque era como el perro que ha agarrado un hueso y no está dispuesto a soltarlo. Mi forma de afrontar este segundo suspenso me reafirmó aún más en mis firmes convicciones de aprobar porque no entraba en mis pensamientos abandonar la oposición, mi perspectiva había cambiado y ahora que estaba en modo súper guerrero no se me pasaba por la cabeza entregarme en los brazos de la molicie y el desánimo sino todo lo contrario, estaba más que dispuesto y preparado para afrontar otro año con la misma o mayor intensidad de estudio y concentración porque sentía que ahora era capaz de lograr cualquier meta u objetivo que me propusiese. Entre la oposición y yo ya había algo personal, era una cuestión de orgullo y sobre todo de necesidad porque mi nueva vida estaba a la vuelta de la esquina según transcurriese el año que se avecinaba.
El apoyo incondicional de mis padres y hermanos, los ánimos que me insuflaban mis familiares y la comprensión de mis amigos íntimos hacían que mi fuerza mental y la confianza en mis posibilidades aumentasen de forma exponencial. Al igual que el año anterior decidí tomarme un mes sabático de relax y desconexión después del examen para recargar las pilas, me resultó muy curioso porque a las dos semanas ya estaba aburrido de no estudiar y echaba de menos mi rutina estudiantil. La última semana de ese mes estuve consultando academias y de nuevo elegí cambiar, me compré un temario nuevo y cuando me llegó a la casa lo abrí con la ilusión de un niño al abrir los regalos en el día de reyes. Comenzaba mi tercer año como opositor con la fuerza, energía e ilusión renovadas por lo que todo estaba en mis manos, dependía única y exclusivamente de mi esfuerzo, constancia y sacrificio para conseguir el objetivo que me había marcado.