Libro "Opositando a los 40" de Joaquín Manuel Cuevas Ortiz - funcionario de prisiones en activo
Capítulo 1. Porque la vida puede ser maravillosa hasta que te rompes en mil pedazos
Los reproches habían ganado la batalla a los piropos y a las palabras bonitas, la desidia y apatía vencieron a la pasión y la lujuria, la vida se nos comenzó a escapar por la cómoda rampa de la rutina. Las cenas románticas a la luz de las velas con música de fondo y la televisión apagada, donde reinaba la conversación y el vino abría el espíritu de ambos, donde las miradas lascivas y los comentarios subidos de tono eran el preludio de la batalla entre dos cuerpos porque como dijo algún sabio, “ el matrimonio es la única guerra donde duermen los enemigos juntos”. Y a veces la guerra se pierde sin disparar ni un solo tiro.
La vida puede ser muy hermosa, pero también muy cruel. Todos hemos conocido momentos álgidos, y todos hemos sufrido y llorado desconsoladamente en las horas del negro dolor. Nos podrá gustar más o menos, pero así es la vida y no nos queda más remedio que aceptarla y seguir pedaleando hacia delante. Pero ahora, estaba realmente hundido, me ahogaba y no tenía nada donde aferrarme. Los soleados domingo y comilonas con familiares y amigos se convirtieron en días encerrado de un gris plomizo. Los besos robados en cualquier esquina dieron paso a reproches repentinos que aterrizaban como cuchillos y herían, muy profundo, pero sin dejar marcas visibles. Una década entera vivida juntos se esfumaba entre mis dedos, al igual que la arena se escapa entre las manos, sin que pudiera hacer nada para remediarlo. Era como un fuego de chimenea que había pasado de dar calidez y una luz única, a transformarse en unas brasas frías y grises que solo ayudaban a recordar lo que ya se acabó. Porque así es el amor, cuando es de verdad, también duele, araña. Como canta el poeta Sabina “porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”. Te hace creer que eres la persona más afortunada del mundo y, cuando decide marcharse, te deja mirando el techo a las tres de la madrugada, con el corazón latiendo tan rápido que lo puedes hasta escuchar, preguntándote en qué momento y por qué todo empezó a romperse.
Los reproches fueron ganando terreno, milímetro a milímetro, como la hiedra que devora una fachada sin que nadie lo advierta. La rutina se instaló con la comodidad de quien sabe que nadie la va a echar. Las cenas a la luz de las velas, aquellas noches donde el vino abría el alma y los ojos hablaban lo que la boca callaba, fueron cediendo su lugar a la televisión encendida y al silencio espeso de dos personas que ya no se miran y apenas se tocan.
Se había vivido un amor de esos que desgarran el alma, que te hacen sentir que juntos podéis enfrentaros a cualquier problema, que ambos de la mano superáis cualquier obstáculo y de ser consciente de que eres el hombre más afortunado del universo conocido por despertarte cada día a su lado.
Los divorcios no son cosas agradables pero son cosas que pasan, el regresar a la casa familiar me sirvió para conocer a mis padres como hombre y como mujer. A los pocos días de la separación y mientras estaba leyendo un libro, sentía como si un pesado yunque se me desprendiese del torso hacia el techo, como si alguien o algo estuviera retirando de mi oprimido pecho una carga muy pesada y mientras ésta se elevaba yo respiraba profundamente y expulsaba todo el aire que contenía en mis pulmones como si me fuera la vida en ello. A la tercera expiración mi padre me preguntó que qué me pasaba, entonces dejé el libro abierto sobre mis piernas y le expliqué todo lo que estaba sintiendo en ese preciso instante con ese peso que se desprendía de mis entrañas, esa ansiosa liberación de tanta presión, estrés, malos rollos, gritos, aspavientos, toxicidad elevada a la enésima potencia y le confesé el miedo que sentía ya que ella siempre me repetía que nadie me iba a querer como ella. Con el tiempo he descubierto que eran chantajes emocionales a los que no debo prestar la menor atención aunque en aquel tiempo me afectaba de una forma trascendental, esas frases vilmente repetidas hasta la saciedad bloqueaban mis neuronas y me impedían discernir y reflexionar con la claridad y la profundidad necesarias. Cuando escuchaba salir de su boca sentencias como nadie te va a querer como yo, si lo dejamos ahora son diez años desperdiciados y tirados a la basura el miedo atenazaba mis emociones y paralizaba todo mi ser, un escalofrío recorría mi espalda y un sudor frío empapaba mi alegría ahogando mi paz y armonía. Entonces mi padre me confirmó que eso era total y absolutamente cierto, que nadie me iba a querer como ella porque cada ser humano es único e irrepetible y por lo tanto cada mujer me iba a querer de una manera diferente y que ésta podía perfectamente ser mucho mejor que la anterior. Esa sabia y experimentada sentencia de mi progenitor me liberó del chantaje emocional al que tanto tiempo había estado sometido sin percatarme, nadie me iba a querer como ella pero podían quererme más y mejor.
Al cabo de un mes de vivir con mis padres y mientras estábamos desayunando en familia, mi madre me preguntó si echaba algo de menos de mi vida anterior y esta pregunta me dio que pensar, necesité unos minutos para pensar y finalmente le respondí que no, firme y rotundamente afirmé que no extrañaba nada de mi pareja, ni su olor, ni sus besos y abrazos, ni su lengua juguetona, ni el sonido de su risa ni tan siquiera el buen sexo que había disfrutado con ella. Pasadas unas semanas desde esta reflexión y mientras nos deleitábamos con un puchero con pringá que es mi comida favorita, mi reina madre me preguntó si había tenido noticias de mi anterior pareja y al responderle que no ella sonrió y me espetó “ mejor así porque a enemigo que huye puente de plata”. Yo no había escuchado nunca esa frase y me encantó, acababa de descubrir a mis padres como hombre y como mujer y notaba como la herida de mi corazón iba cicatrizando a velocidad de crucero. Lo mejor fue cuando me convencí de que el divorcio no era ningún fracaso porque el único fracaso hubiera sido haber seguido con ella. A la cauterización de la herida en el corazón ayudó mucho escuchar la letra de una de las canciones del mexicano José Alfredo Jiménez titulada la negra noche de mi mal que de forma magistral resumía mi estado de ánimo ante el final de la historia de amor, “ si yo te hubiera dicho no te vayas qué triste me esperaba el porvenir, si yo te hubiera dicho no me dejes hasta mi propio corazón se iba a reír”.
Ahora que todo se había derrumbado y no quedaba nada del amor de antaño, ahora que los rescoldos estaban totalmente apagados y fríos como un témpano de hielo, ahora que el tiempo de los besos y la pasión se había esfumado y había llegado la hora de dormir, era necesario un reseteo completo del disco duro interno, cambiar de aires, de trabajo, de país, de cultura y de idioma y por eso decidí marcharme al extranjero. Con dos maletas cargadas de ilusión y sin apenas conocer el idioma emigré a la aventura, mi autoestima se elevó hacia las nubes al comprobar de que era capaz de conseguir cosas por mí mismo sin depender de nada ni de nadie. Con la humildad necesaria supe aprender el idioma a base de esfuerzo, constancia y sobre todo pidiendo y aceptando que mis compañeros de trabajo me corrigieran, con el paso de los meses la soledad del apátrida se aferró a mi vida con sus garras afiladas y me convertí en mi mejor amigo.
El destino elegido para mi nueva vida fue Inglaterra y concretamente la histórica, coqueta, majestuosa y elegante ciudad de Oxford. Allí pasé unos años maravillosos donde aprendí un idioma, hice amigos, viví aventuras, compartí muchas horas con la soledad, descubrí numerosas ciudades y continué con la formación como entrenador de fútbol. Gracias a esa formación y a mi nivel de inglés pude ver cumplido mi sueño de trabajar a tiempo completo desarrollando mi pasión futbolera, estuve varias temporadas trabajando de Abril a Noviembre en las escuelas de fútbol de los complejos de lujo hoteleros del grupo TUI en la isla griega de Rodas y en Lanzarote. Ahora volvía a ser dueño de mi tiempo y me estaba sumergiendo en él, estaba en el mejor momento de mi vida y me sentía capaz de lograr todo aquello que me propusiese por lo que decidí acudir a las jornadas de reclutamiento para trabajar como entrenador de fútbol en EEUU.
Me preparé a conciencia invirtiendo mucho tiempo y energía, había que preparar un ejercicio completo de defensa y ataque y presentarlo online, una vez superado este primer examen había que realizar una demostración práctica de dicho ejercicio el día de la selección de aspirantes. La prueba se realizaría en la industrial ciudad de Manchester y hasta allí me desplacé con toda la ilusión que albergaba en mi interior ante la perspectiva de cumplir mi sueño de trabajar en lo que me apasiona a jornada completa. Aquel día lo hice lo mejor que pude aunque no lo mejor que sabía porque me traicionaron los nervios, me pudo la presión y la ansiedad ante lo que podía lograr y pasados unos días me notificaron que no había sido seleccionado. Aquello supuso un jarro de agua helada para mis aspiraciones, sueños y ambiciones, todo por lo que tanto había luchado y me había preparado se me esfumaba delante de mis ojos y lo que más me dolía era de que era plenamente consciente de que podía haberlo hecho mucho mejor de lo que lo hice aquel día. El duelo tan sólo me duró una semana porque enseguida me puse como objetivo la segunda y última selección de candidatos en suelo británico, se realizaría en la ciudad de Southampton en el plazo de seis meses y entonces sí que iba a ofrecerles mi mejor versión porque me lo jugaba todo a una última carta y el asunto ya era algo personal entre mi ego y mi autoestima.
Aquel día llovió durante todo el día como suele ocurrir en la “perfida albion”, el cielo gris plomizo no dejaba escapar ni un solitario y tímido rayo de sol y las negras y densas nubes copaban todo el cielo descargando una fina aunque continua lluvia que empapaba y calaba hasta los huesos. Cuando me llegó el turno respiré profundamente durante diez segundos, sabía lo que tenía que hacer porque lo había ensayado infinidad de veces con el equipo que entrenaba en Oxford y además tenía la confianza y las ganas de lograr el objetivo por lo que me apliqué a ello y lo hice mucho mejor que la vez anterior. A los pocos días llegó la explosión de alegría en forma de correo electrónico donde me informaban de que había sido seleccionado, proferí un grito de rabia contenida y di rienda suelta a la euforia latente en mi interior porque en unos meses estaría viviendo la experiencia de mi vida al otro lado del charco en el país de las oportunidades. Lo había conseguido y me sentía feliz y contento porque todo era producto de mi esfuerzo, constancia y sacrificio.
En los siguientes meses fui preparando toda la documentación necesaria, el momento se acercaba y estaba todo listo para comenzar el viaje de mis sueños y por lo que tanto había luchado. Había apostado muy fuerte y soñado alto y ahora estaba a punto de hacerle cosquillas a la felicidad, estaba a tan sólo el último paso para soñar despierto que era la entrevista en la embajada de EEUU en Madrid y ese trámite me costó 100 euros y algunos quebraderos de cabeza para lograr la cita pero al fin estaba todo a punto de caramelo. Tenía el contrato de trabajo, la ficha de antecedentes penales, la propuesta del visado de trabajo, las cartas de recomendación y tan sólo debía entregarlo todo en la embajada para conseguir el visado definitivo con el fin de comenzar el sueño americano. Como decía el trovador Facundo Cabral, “ si quieres hacer reír a dios cuéntale sus planes”, a escasos dos meses para la entrevista en la embajada se desató una pandemia mundial de un virus desconocido que atemorizó y encerró a millones de personas en sus casas. De pronto el mundo se había vuelto loco de miedo y todo se paralizó, la vida se detuvo y nadie podía viajar ni desplazarse ni mucho menos cumplir el sueño por el que tanto había luchado por lo que ese año no se pudo ir a EEUU ninguno de los candidatos seleccionados.
La inmensa devastación que sufrieron mis sueños, proyectos e ilusiones supuso un intenso bajón en mi estado de ánimo, de golpe y porrazo se esfumaba todo por lo que tanto había luchado y trabajado, me estaban arrebatando mi porvenir y lo peor es que no podía hacer nada por evitarlo. Era como haber sobrevivido al peor de los temporales marinos para acabar muriendo en la orilla a escasos metros de la arena, estaba tan cerca de cumplir mi sueño que casi podía tocarlo con las manos y ahora ya no tenía absolutamente nada por lo que seguir luchando. Me repetía a mí mismo que lo que me estaba pasando no era justo pero quién me había dicho alguna vez que la vida era justa. Como muchas personas llevé fatal el encierro al que nos sometieron las autoridades, la suspensión de los derechos fundamentales como la libertad de circulación, la policía interrogando a la gente sobre a dónde iba o dónde dejaba de ir, los vecinos vigilando y denunciando a diestro y siniestro porque un matrimonio iban juntos en un coche. Nos robaron el lado lúdico de la vida, dar abrazos se convirtió en algo sospechoso, hermanos hablándose a cinco metros de distancia en plena calle, la histeria colectiva provocada por el miedo alentado desde las cloacas de los medios de desinformación y las pocilgas de las redes sociales. Era lo más parecido al fin del mundo que podíamos habernos imaginado alguna vez en nuestras vidas.