Libro "Opositando a los 40" de Joaquín Manuel Cuevas Ortiz - funcionario de prisiones en activo

Capítulo 2. La crisis de los 40 años.

Alguien dijo alguna vez que la crisis de las cuarenta primaveras se produce porque la vida se empieza a repetir, hasta esa edad el mundo está recién pintado y está todo por descubrir, pero al darle la vuelta al jamón todo se repite de forma rutinaria. Uno tiene que hacer las paces entre lo que quería ser cuando tenía veinte años y el alma con media suela, y lo que realmente es al llegar al ecuador de su vida y alcanzar los cuarenta aniversarios de su natalicio. El que iba a ser el mejor año de mi vida con esa experiencia en los Estados Unidos, el momento cumbre de mi existencia al que había llegado en plenitud física y psíquica, la posibilidad de ver cumplido mi sueño después de años de esfuerzo, entrega y tesón se veían sustituidos por un confinamiento cruel y despiadado sin posibilidad alguna de regresar a Inglaterra ni de continuar luchando por mis sueños.

El impacto anímico fue tremendo y me sumergí en un profundo y negro pozo de amargura y resentimiento, por primera vez en mi vida experimentaba un hondo abatimiento y desánimo que derivó en un estado apático e indolente que desbocó a su vez en el uso y abuso de sustancias estupefacientes para huir de la realidad. Comencé entonces a transitar por el lado peligroso de la vida bordeando el filo de la navaja y a malvivir la etapa más negra y triste de mis cuarenta primaveras, culpaba a todo y a todos de mi teórica mala suerte porque me habían privado del sueño que tanto me había costado conseguir. Mi alma se hundió en un letargo amargo y melancólico, invertía horas y horas en castigarme por los errores cometidos en el pasado, por las oportunidades que había desaprovechado cuando era más joven y con ayuda de las sustancias tóxicas me creaba una realidad paralela que me alejaba cada vez más de mi esencia, de mi familia, de mis amigos y de todo lo que me importaba, pero también me ayudaba a crear una opaca cortina para no ver en lo que me estaba convirtiendo. La caída parecía no tener fin y la espiral tóxica, negativa y perjudicial en la que estaba sumergido me hacía sentirme peor porque en el fondo sabía que me estaba autodestruyendo y sin embargo la única salida que vislumbraba era colocarme y beber cerveza como si no hubiera un mañana.

Es una gran mentira y hace mucho daño a la sociedad el calificar a los canutos como droga blanda, es una droga muy potente y terriblemente adictiva que te provoca una falsa sensación de euforia alejándote de la realidad y ayudándote a crear una realidad paralela. Tú mismo te vas convenciendo de que no es tan nociva como la cocaína, el éxtasis, la ketamina o la heroína y sin embargo te va destruyendo lentamente porque te impide pensar con claridad, te va nublando los sentidos y al ser ilegal favorece el aislamiento para fumarte los porros en lugares apartados. Al principio te fumas los canutos en grupo y se comparten risas y carcajadas histéricas provocadas por el vacilón del hachís o la marihuana, a medida que pasan los meses el organismo se va habituando y cada vez necesitas más cantidad para sentirte como en los comienzos y al final te acabas fumando los porros desde por la mañana hasta la noche en la más absoluta y completa soledad. Te levantas por la mañana y tan sólo estás pensando en fumar, las horas que no fumas te parecen horas muertas e inútiles y siempre hay una excusa para volver a fumar, el síndrome de abstinencia es muy duro porque te pones de mal humor y estás nervioso y con una ansiedad desbocada. Sin lugar a dudas fumar porros es lo peor que he hecho en mi vida y de lo que más me arrepiento.

Resulta increíble la capacidad de la mente para justificarse ante sí misma los vicios y malos hábitos a los que se somete al organismo, como sabes que estás haciendo algo nocivo para tu cuerpo enseguida aparecen teorías infundadas productos de la fértil imaginación en la que te autoconvences de que como no fumas tabaco pues los porros son menos dañinos. Como prefieres quedarte los fines de semana fumando canutos con tus amigos en vez de salir de juerga y hacer botellón, entonces los otros beben cantidades ingentes de alcohol en poco tiempo castigando sus hígados mientras que tú le ahorras ese trabajo a tu hígado destrozando tus pulmones, disminuyendo tu capacidad pulmonar, perdiendo un valioso tiempo que ya nunca jamás regresará y reduciendo el número y la calidad de tus neuronas. Lo más adictivo de una droga es el síndrome de abstinencia y la ausencia de resaca, lo primero te obliga a volver a consumir mientras que lo segundo te permite volver a consumir al día siguiente sin que te sientas mal física y mentalmente por ello. Además, hay que sumarle que te refugias con amigos o personas que también consumen la misma sustancia por lo que lo ves como algo normal, os hace sentir especiales como grupo ya que compartís vicios prohibidos, risas, bromas y confidencias, aunque en el momento de que la droga ya no es consumida te das cuenta de que todo era un inmenso castillo de naipes que se viene abajo a la menor sacudida.

Las sensaciones y emociones que producen el divorcio y dejar los cigarritos de la risa tienen mucho de similitud, la sensación a medida que pasan los días es que no necesitas tanto a esa persona ni a esa sustancia y que el síndrome de abstinencia tampoco es para tanto, que la vida sigue su curso y que el sol sigue saliendo a diario. Los primeros días estás como descolocado y en estado de shock, todo te resulta irreal y abstracto como si estuvieras a punto de despertar de un mal sueño o lo que está ocurriendo no tiene nada que ver contigo.

Las semanas comienzan a sucederse una tras otra mientras que te vas haciendo a la idea de que es algo definitivo y que no quieres regresar a lo anteriormente vivido, lo que era tu presente de pronto se convierte en pasado mientras te asaltan las dudas y los temores infundados de que no vas a sentir nada parecido ni vas a encontrar a nadie a quien amar, incluso llegas a pensar muy seriamente en que no vas a volver a reírte con ganas nunca más porque te ves serio y taciturno. A medida que se acumulan los meses soltero y libre de humos, tu mente comienza a despejarse y es cuando la cruda realidad se impone en su más absoluta verdad y tu cabeza comienza a salir del agujero en la que estaba metida como hace el avestruz. Es entonces cuando más te arrepientes de todo lo que has hecho y dejado de hacer en tu vida anterior, te haces sangre recordando las líneas rojas que has permitido a esa persona traspasar de forma impune, de cómo te has ido alejando de tu familia y amigos, de cómo te has transformado en otra persona y sobre todo de lo engañado que has estado todo este tiempo.

Al cabo de un tiempo se te empieza a olvidar su voz, su olor, su cuerpo y su sexo e incluso su sabor, sientes la libertad de no tener que dar explicaciones de lo que haces o dejas de hacer, tomas decisiones en segundos sin necesidad de consultarlo con nadie ni dependes del camello de turno para evitar la ansiedad que produce no tener nada para fumarte un canuto. Lo peor es comprobar que te habías convertido en una parodia de ti mismo, una mera caricatura y una marioneta en sus peligrosas y celosas garras bien afiladas, que estabas viviendo la vida que ella quería que tú vivieras y que habías perdido totalmente tu voluntad y tu capacidad de decisión. Lo mejor es cerciorarte de que nunca más quiere pasar por lo mismo, de que no estás dispuesto a la inercia de una relación tóxica por miedo a la soledad, de que no deseas perder tu autonomía y libertad como persona además de tener muy claro lo que no quieres para tu vida. Te mentalizas de que no vas a volver a fumarte los problemas ni a huir de la realidad como un cobarde, de que vas a afrontar la vida en plenitud de condiciones física y mentalmente sin ataduras de ningún tipo, de que no vas a volver a tolerar que te separen de lo que más quieres hasta que llega el día en que logras perdonarla porque era su forma de quererte. Lo que nunca podrás perdonarte a ti mismo es cómo pudiste caer en el vicio de la droga.

Durante una comida con mis hermanos me pusieron las pilas y desnudaron mis miserias y vicios en la misma cara, no pusieron paños calientes ni fueron comedidos porque me quieren demasiado como para ser políticamente correctos y debía reaccionar por lo que fueron muy duros y sinceros, uno de ellos me comentó que porqué no nos preparábamos juntos unas oposiciones para Instituciones penitenciarias.

Esa misma tarde bajé al parque para hacer deporte y despejar la mente, reflexioné sobre lo que me habían dicho mis hermanos desde el amor que me profesaban, sobre el peligroso rumbo que estaba tomando mi vida y cuando me senté en el sofá recién duchado consulté el temario de dicha oposición y ese mismo día tomé la decisión de que iba a opositar y a darle un giro copernicano a mi vida. Fue como ver la luz al final del túnel, como abrir una ventana para respirar en una habitación llena de humo, como el rayo de luz que se abre camino después de la más negra de las tormentas, la ilusión comenzaba a salir del baúl al que la tristeza y la apatía la habían encerrado bajo siete candados. Volvía a tener un sueño por el que luchar, un motivo por el que levantarme cada mañana de la cama, una manera de demostrarme a sí mismo que podía lograr todo aquello que me propusiera y de nuevo sentía la sangre corriendo por las venas. Cuando me llegó el temario a casa me temblaban las piernas ante los cincuenta temas y me cercioré de que estaba a punto de enfrentarme a un reto mayúsculo, que iba a requerir un esfuerzo titánico y hercúleo y que tan sólo tenía de mi parte la constancia, el sacrificio y el apoyo de mis padres y hermanos. El lema de la academia a la que me apunté me motivó enormemente porque decía que el esfuerzo era enorme y la recompensa infinita.

Mi círculo más íntimo se alegró mucho de mi decisión porque de nuevo me brillaban los ojos y tenía ganas de hablar, volvía a participar en las conversaciones familiares y mis padres me dijeron que podía seguir viviendo con ellos y que no tenía que trabajar porque cada minuto cuenta en una oposición. Era una carrera de fondo repleta de obstáculos y el primero era la ausencia del hábito de estudio porque habían pasado más de veinte años desde la última vez que estudié y existían muchas dudas al respecto, ponerse a opositar a los cuarenta años es una empresa realmente atrevida y arriesgada porque la competencia es atroz y además el tiempo es más escaso y valioso que cuando se tienen veinte primaveras.

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